Elogio del suicidio
Recientemente, los medios de prensa de Barcelona se vieron agitados por una noticia que causó honda impresión, por tratarse de quien se trataba: uno de los profesionales más honrados del periodismo –que adicionalmente era lo que se llama “un pedazo de pan”- se había suicidado. Respetado, y aún casi amado por todos, su posición laboral no justificaba el hecho, pues, además de ser responsable de una de las más válidas revistas políticas no alineadas del país, tenía más trabajo del que deseaba, y eran frecuentes sus negativas a aceptar encargos, negativas justificadas con un “ya me gano la vida con lo que hago, ¿para qué me la voy a complicar más?”.
Lo que sí era evidente era que algo fallaba en él. Y, según todos los indicios, lo que le fallaba era la vida afectiva.
Para una categoría reducida de personas –reducida con respecto a la masa general de la Humanidad- este problema es cada vez más apremiante.
No creo estar descubriendo nada nuevo al hablar de la soledad, pero lo que sí es cierto es que este problema está alcanzando cotas muy altas en nuestra sociedad actual. Con su masificación, su anomia y su ruptura de los esquemas tradicionales familiares, la sociedad de consumo está aislando cada vez más al individuo.
Encerrado en su cubículo, desprovisto de lugares en los que conocer a otras personas -¿dónde están los paseos en los que se veía a todo el mundo, o las terturlias de café en las que se encontraban los amigos?-, luchando por pensar en un ambiente cada vez más dado a lo “predigerido” en lo intelectual, el ser pensante se haya cada vez más solo.
Y hablo del ser pensante porque para mí –y que me perdonen los que se puedan sentir desfavorablemente aludidos- la raza humana se está dividiendo, de un modo cada vez más claro, en seres pensantes o no. Los pensantes –repito que todo esto es una elucubración personal, que supongo podrá ser cuestionada por muchos-, son los que se dan cuenta de lo que realmente pasa, los que hacen críticas de las situaciones concretas… los que, en suma, están bastante desengañados de todo y de todos. Porque creo que el ser pensante lleva, a la larga, al cinismo, al desengaño y la depresión.
Los otros, los que no piensan, lo tienen todo más fácil; la sociedad de consumo les ha puesto en las manos una serie de juguetes, y ellos se alienan a gusto con ellos: con su televisión, su fútbol, su casita en el campo, su mujer y sus hijos, su paga extra…
Y miren lo que son las cosas, los pensantes –y esto no es sólo opinión mía, sino que la comparten algunos otros con los que la he comentado- llegamos a envidiar a los no pensantes. Hay momentos, momentos negros de desesperación, en los que a uno también le gustaría pasárselo pipa viendo la tele, rugiendo en el fútbol… o creer en la sagrada institución del matrimonio.
Así las cosas, a los pensantes nos quedan una serie de refugios, a los que acudimos cuando aprieta la soledad: el trabajo, las drogas –y no piensen muy mal, que aquí incluyo desde el alcohol al café, pasando por las yerbas y otros exotismos-, los objetos…
Pero son soluciones de repuesto, y uno –que por algo es pensante- lo sabe muy bien. Y se cansa de ellas. El trabajo ayuda mucho, pero a medida que uno llega a cotas más altas, se lo mira con una cierta condescendencia, pues no es lo mismo luchar por destacar que haber llegado ya a una posición que uno conoce como su tope –por muy buena que sea esa posición-. Y las drogas le dejan a uno muy pachucho, y los objetos restan libertad y acaban por hacerse obsesivos.
Total que, a la larga o a la corta, nuestro buen pensante se vuelve a encarar con su problema, el único problema, el de la soledad.
Y no es que no lo solucione: lo cierto es que –a temporadas- uno logra no estar solo. Pero, siendo pensante, se da cuenta de lo contingente que es ese no estar solo, y sabe que está emplazado, que la relación se deteriorará –cosas de la dinámica de la vida-, y que volverá a estar con su vieja compañera… como decía el poeta:
“Soledad, vieja amiga,
la única fiel.
A veces creo haberte dejado atrás,
en el camino,
pero siempre estás ahí,
esperándome”
Y perdonen la traducción literal.
Entonces, a cada nuevo reencuentro con la soledad, y cuando ésta logra arrollar las débiles barreras –el trabajo, las drogas, las cosas- uno se hace la misma pregunta: ¿para qué seguir?
Y surge la idea del suicidio.
¿Qué por qué no se suicida uno?
Aquí ya no me atrevo a generalizar. Hablaré de mi caso personal.
Digamos que hay mucho de cobardía, cobardía disfrazada de optimismo –llámenlo curiosidad si lo prefieren-: ¡quién sabe lo que pasará mañana! Y con esta cantinela, uno espera… como si no supiera que el mañana no será mejor.
Pero claro, como ya he dicho –creo que hasta la saciedad-, uno es pensante. Y, como tal, tiene a orgullo moverse en unos esquemas lógicos. Y llega un día, mucho más lúcido que los demás, en que se presenta ante el problema sin subterfugios, sin autoengaños.
Y sabe, de un modo definitivo, que no vale la pena seguir… y no sigue.
Ese día te llegó a ti, amigo al que está dedicada esta reflexión, y supongo que nos llegará a muchos. Tú nos has abierto la puerta.
Luis Vigil
[editorial de Nueva Dimensión nº 95, noviembre de 1977]